Felaciones

felati

–Somos pecado –susurra en mi oído, con los labios acariciando mi lóbulo–. Somos pecado –repite–, vicios, deseos de posesión… –absorbe mi oreja y hunde su lengua, provocando un hormigueo por todo mi cuerpo.

–Somos virtud –replico sofocado, intentando adivinar su próximo movimiento–. Somos caridad, ¿no crees? –Noto la dureza dolorosa de mi pene.

–¿Tú crees que una mujer que te ata a una silla desnudo y te venda los ojos está siendo caritativa contigo? –responde con tono cínico y se aleja.

Siento miedo, pienso que se puede largar y dejarme a solas, con la única posibilidad de gritar para alarmar a los vecinos, mi pene pierde la erección…

Oigo una puerta, no puede ser la de la calle, no puede ser. El breve y agudo chirrido de la madera y un posterior magnetizado del imán con el tope confirman que es la puerta de la cocina. Suspiro.

–¿Ana? –intento que mi voz suene normal, pero no puedo, tiembla–. ¿Ana? ¿Estás ahí?

No responde. Las gomas del frigorífico se despegan y un metal topa contra el PVC del interior de la nevera, mientras los vidrios se delatan en tintineos. Las botellas vuelven a tintinar y la goma se prensa.

Ha sacado un bote. Creo que es la nata montada.

LUJURIA

Sus tacones se aproximan, constantes, seguros. Mi escroto se retrae y se comprime, las yemas de sus dedos están frías, no agarra, acaricia con tortuosas cosquillas…

–Sabes que eso no es agradable –le recrimino con chistidos intercalados.

–¿Tengo que recordarte que estás a mi entera disposición?

–¡Joder! Esas caricias son insufribles, me dan grima –reafirmo suplicante. Ella sigue provocándolas.

–Ayer soñé que me follabas, atada a la cama, me empujabas, me empotrabas –dice con cadencia sensual. Noto la presión sanguínea de la excitación, las cosquillas desaparecen, ella sigue con la historia–, y, de repente, saliste de mi vagina. Cuando abrí los ojos –Agarra mis testículos, mi pene gana centímetros– mi vecina tenía tu polla en su mano; me miró, sonrió, la frotó contra mi clítoris y me corrí. Estaba siendo un sueño muy real. Volví a abrir los ojos, seguía soñando, mi vecina, de nuevo con tu polla agarrada me miró, sonrió, metió la punta y la movió como si quisiera ensanchar mi vagina. Me corrí otra vez –exhala–. Me desperté empapada y te llamé por teléfono –confiesa–.

No me deja replicar, absorbe mi glande, comprime los labios haciendo vacío, sujeta mi pene, fuerte desde la base, y lo agita sobre su lengua como si quisiera ensanchar su boca.

GULA

Sus labios se despegan, y la punta de la lengua termina su recorrido de abajo arriba con un suspiro que alivia el candor de mi piel. Pero mi sangre hierve, ella se separa.

–Después de hablar contigo por teléfono, esta mañana, me fui a la ducha –continúa, fría, como si no estuviésemos teniendo sexo. El sonido seco del plástico que se desencaja sobre metal advierte el vacío liberado del bote–. Aún seguía excitada en la ducha, pero el hambre me podía. Y ya sabes que con hambre no puedo tener sexo. Así que, corté fresas, un croissant, y le puse nata montada –la tapa de plástico cae y tropieza varias veces contra el parquet antes de rodar.

Está agitando el bote, mezcla el aire con la grasa. Oigo salir las burbujas de nata, pero no la está montando sobre mi cuerpo.

–Abre la boca –me ordena, y desliza su pezón untado entre mis labios–. Lame, chúpalo –gime levemente mientras recojo la crema con mi lengua–, lámelo como yo lamía las fresas e imaginaba que eran tu glande…

Su respiración se hace grave y sus muslos se tensan apretando mis piernas, dejándose abrir los labios vaginales con mi pene, que, por un instante, toma su temperatura. Ardiente.

ENVIDIA

Se yergue de súbito. Emito un ligero gruñido de desaprobación.

–Me comí el croissant con la nata montada, pero solo pensaba en la piel de tu polla, lamerla, comerla hasta quedar, de verdad, saciada. Y tú no estabas.

Se separa. Sus tacones se dirigen al dormitorio, donde solo dejó el bolso. La cremallera precede a un revuelto de plásticos y metales. Los tacones vuelven con decisión.

–¿Sabes lo que se siente cuando se desea y no se puede? –inquiere con erotismo y maldad, al tiempo que vuelve a dejar mis piernas entre las suyas.

–Sí, sí lo sé –respondo, sumiso, con la esperanza de que la sinceridad sirva de súplica válida.

–No, no lo sabes… Aún.

Se oye el sonido de su vibrador, un pequeño simulador de sexo oral, y tras él, comienza a gemir sin tapujos, mientras, de vez en cuando, su otra mano recoge la piel de mi pene en breves y dulces caricias, que hacen que mis nalgas se contraigan como si quisieran disparar mi polla contra ella. Como si pudiesen hacer salir la nata del bote, y montarla con la pasión más rabiosa.

Tras varios chillidos de exaltación y tres locuciones interjectivas en las que se apropiaba de algún dios, sus rodillas se opusieron a mis pies y su cara se posó sofocada sobre mis muslos, cuyo vello se erizaba con sus jadeos.

AVARICIA

–¿Sabes que –pregunta mientras recupera el resuello– solo pensaba en tener tu pene

metido en mi boca durante todo el día?

–Por favor…

–Adorarlo con mi lengua –Un cálido aire se expande sobre mi escroto– sin cesar un solo segundo.

 

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