Una pareja fetichista

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Lara jamás se imaginó lo que ese hombre haría con ella en el futuro. En su lugar, lo primero que hizo Rafa al conocerla fue empezar a escribir su mayor fantasía sexual; y para ello, solo necesitó fijar su mirada en esos pies pequeños, nerviosos y con las uñas sin pintar.

No resulta fácil explicar que Rafa eligiese a Lara por sus pies. Apostó que eran de la talla 36, y para ellos empezó a programar los rituales más sofisticados de su catálogo, pleitesías y adoración para esos dedos pequeñitos y esas plantas suaves, que le provocaban erecciones clandestinas.

“¿A quién le importan los pies?”, le preguntó con insolencia cuando caminaron descalzos, por la playa favorita de Lara.

“A más de los que tú piensas y, sobre todo, a mí”, dijo él, con tono de reproche.

Rafa empezó a ser fetichista incluso antes de aprender a multiplicar. Sus primeros recuerdos lo transportaron a los días en que se perdía entre los zapatos de tacón de sus tías, y a la imborrable pubertad, cuando sintió la sorpresiva excitación provocada por la llegada del verano, cuando cientos de miles de pies femeninos se deslizaban por las aceras convirtiendo a las mujeres en diosas celestes.

Esa tarde, después del paseo por la playa, le lavó los pies, los secó y le dijo: “Ponte este antifaz, y te explicaré por qué tus pies son mi tesoro, Lara”.

–Tu arco es hermoso. ¿Es que no lo sabes?

–Mi arco nunca me había parecido una pieza de museo, pero, si a ti te enloquece, lo cuidaré como un objeto sexual de diseño.

–Tus uñas están mucho mejor pintadas, y este color, mira cómo me pone: obsérvalo tú misma, desliza tu pie, será agua sobre roca. Prueba a moldearlo… Este empeine es delicado y fino como tus pies. Y ahora vas a sentir lo que puedo hacer con ellos.

Una sensación caliente y húmeda la invadió cuando Rafa los metió en su boca y, lentamente, comenzó a adorar esos minúsculos pies para convertirse en un esclavo rendido por el incalculable peso de su deseo.

Lara no supo en lo que se metía, pero era tanta la excitación que sus pies le procuraban a Rafa, que decidió ser arte y parte de sus fantasías.

Al viernes siguiente, se calzó unos tacones que le regaló en una caja lujosa, y así servir como iconografía perfecta a un Rafa que había preparado su culto.

Los taconazos percutieron contra el suelo. Rápidamente, él liberó los pies.

Empezó a lamerle dedo por dedo, bañando en saliva cada pliegue de su anatomía para andar. Lara se humedeció, su respiración grave se mezcló con profundos quejidos, que la hicieron sentirse más excitada de lo que recordaría jamás.

Lara supo que esos pies que nunca nadie había besado y lamido eran lo más excitable de su cuerpo, y sus mejores orgasmos llegarían ahora a través de ellos.

Dos días después, sintió la fuerza del sexo a través de sus pies. Comenzó a usarlos para enfebrecer de deseo a Rafa.

Al colocarlos sobre su miembro se dio cuenta de que jamás había conseguido una erección tan dura con sus manos. Sus blancos pies encendían más a Rafa que la lengua más atrevida o una vigorosa masturbación con la diestra.

Colocarlos cerca de su falo fue suficiente para ver cómo un cuerpo entraba en el punto más alto de ebullición.

Pasarlos de arriba abajo por su vientre y pecho, detenerlos unos instantes en sus pezones, que ahora parecían de hueso y mantener esa cadencia eran la fórmula magistral para que Rafa gotease líquido.

Lara le ofreció un primer plano de su sexo, y su pie pequeñito en su boca fue el causante de que todo se empapara. Dejó caer su líquido femenino por la pierna y mojó ligeramente su empeine. La lengua de Rafa se lanzó a la conquista de esas gotas y, con el pie entero en la boca, asistió al mega-orgasmo de Lara. Satisfecho de haber sido testigo de esta inusual corrida, Rafa no pudo hacer otra cosa que eyacular en su fetiche y observar la ternura en la apaciguada cara de su hermosa cómplice.

 

 

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